No sé, ustedes, pero cuando mi mente hace una retrospectiva de mi vida, simplemente no puedo evitar esbozar una sonrisa, no tengo que irme tan lejos, ayer, mi hijo mayor, perdió su tercer diente, e increíblemente se lo quité yo, en serio, siempre pense que mi mamá había sido una sanguinaria, pues sin miramientos me arrancó los dientes sin ninguna compasión (eso creía yo) pero 20 y tantos años más adelante yo hago lo mismo con Raúl Isaac, claro la historia del ratón de los dientes, y la agradable recompensa debajo de la almohada, hacen lo propio, y es maravilloso ver cómo pasa el tiempo, cómo quien era tu bebé hace apenas 5 años hoy es un niño pleno y sano, sin embargo y sin darnos cuenta es decir, sin aviso, la adultez ( y hablo de la adultez seria, la que nunca deseamos llegar a tener cuando eramos pequeños) toca a la puerta, y no sólo eso entra e invade tu vida sin pedirte permiso y sin importarle si estás de acuerdo o no, y trae toda su artillería, desvelos por fiebres infantiles, dolores de cabeza por cuentas interminables, juntas de padres de familia, y razonamientos eternos a la hora de la comida para convencer a tu pequeño que comer hace más bien que mal. en fin que, somos papás, sí, no podemos evitarlo y también no queremos evitarlo, porque con toda esa artillería trae grandes satisfacciones, y recuerdos, por supuesto que trae recuerdos de uno mismo, esos chiquillos (sin congnotación a ningún político por favor) son el reflejo vivo de nuestra infancia, se parecen tanto a nosotros que no podemos evitar dejar de recordarnos. son alegrías nostálgicas porque son un placer recordarlas pero nunca volveran, no es una contradicción mi frase, es una realidad, a cada recuerdo feliz de mi vida le acompaña una nostalgia, de que todo vuelve menos el tiempo. sin embargo a pesar de un diente menos, una caída más, un desamor, una pasión, bien vale la pena vivir.
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